Entre presagios, maldiciones, valientes conjuros musicales y posibles finales.

Con formación forzadamente reducida, la banda Nico Appoloni y la Lady Blue se presentó el pasado viernes 4 de noviembre en C'est La Vie. El concierto tuvo lugar en un accidentado, enrarecido y maldito ambiente que dejó abierta la posibilidad de disolución de este emblemático conjunto platense.

Entre presagios, maldiciones, valientes conjuros musicales y  posibles finales.

Por Waldorf  Grandobayman

Volví a la Argentina. Me cuesta mucho abandonar mi rol de “cuidador” de plantaciones de té en la bucólica región de Mulanje, custodiada por ese adictivo e imponente macizo. Lo hago montado a un buque de carga rodeado de sacos, Big Bags o silos solo si algún imán musical atrae la devota procesión transoceánica.

Hace dos días desembarqué en el Puerto de Ensenada. Me sorprendí cuando divisé que el convite sonoro sería en una casona colorida nombrada C'est La Vie, frase popular ambigua nacida en comarcas francas que ha sido acuñada para intitular obras varias -películas, canciones, álbumes-. Conformismo, clausura, fatalidad...Quizá.

No, no, no. Corten. Vengo a encontrarme con la disolución de las biografías clausuradas. Me convoca Nico Appolloni caballero que no cede ni mengua ante la falta de la bendición o canonización por los circuitos del mainstream. Después de todo, ¿qué demonios es sacar la sortija del "éxito"? ¿es esa la única finalidad de la existencia? ¿está ahí la salvación del ciberhomo postmodernus? ¿Desde cuándo todos empiezan a ver a un músico o grupo musical como alguien "bueno" o “respetable” que merece ser escuchado, comprados sus discos y que corresponde asistir a sus recitales de manera masiva? 

Nico Appolloni sigue andando sin garantía de éxito. Nada asegurado más que el acaso, el azar, que suele empecinarse en devenir bajo el disfraz de adversidades. Eso es justamente lo que conmueve y nos sacude. Artistas que continúan tratando de cambiar el sentido apuntalado hasta las micro escenas cotidianas aunque no reciban aprobación comercial de los circuitos instalados en la mass media -o masa media-. El arte existe más allá de las cámaras, las emisoras de radio, los escenarios que “bautizan” y "confirman" a una banda, las falsas consagraciones.... En “Fracasando en todo” lo expresa con claridad “Yo acá estoy fracasando, pero con la misma fe ciega en mi verdad, ya me reiré, ya me entenderán”.

Costó encontrar el lugar. Despojado de señales, primero me pasé por muchos metros clocando a mi esqueleto a la vera de otras cuadras. Luego creí que era una casa desde cuyo interior brotaban sonidos vinculables a un bar. Sin embargo, se observaba en el interior una cotidiana escena mortecina de viernes por la noche con zombies a punto de ingresar maquinalmente a sus camas finalizada ya la cena.

Encontré la puerta correcta. Era colorida. Primero, un reducido zaguán y patio exterior hasta otra puerta. Segundo, se ingresaba a una suerte de patio cubierto. Sillones a la izquierda, seis u ocho mesas y sillas a la derecha. Plantas salpicadas y colocadas en diversos sitios. En un sillón una cazuela copetinera llena de pétalos blancos –falsa ilusión para el que espera algún tentempié gratuito- . Arriba en una pared colgaba inerte un "Gracias" construido por letras doradas de papel. Las paredes adornadas con psicodélicos dibujos y extensas frases de contenidos ambiguos con letras redondeadas propias de un cuaderno escolar. Al fondo, un paredón que además de ser soporte para gráficos, sostenía diversos objetos (solo recuerdo un tronco tallado al que le habían cincelado el rostro aplomado de un potente y algo inquietante poblador originario). 

Una puerta más y se accedía al lugar del concierto. A la derecha, la barra con dibujos ubicada en una especie de córner futbolero. Botellas varias detrás del cantinero y mozo. Juego de luces heterogéneas con diversas gamas e intensidades engalanaban el lugar que en líneas generales era sombrío.

A la izquierda de la barra, reinaba la medular consola operada por el sonidista. Más a la izquierda, el escenario ya preparado con los instrumentos y amplificadores. Siguiendo en esa dirección,  varias mesas apostadas con los espectadores esperando la ofrenda musical de la Lady.

Continuando la vuelta, un sillón individual y uno de dos cuerpos. A su derecha una pequeña biblioteca con un libro que sobresalía y que sugestivamente llevaba por título "la corruptora" del escritor francés Guy Agustín Marie Jean de Pérusse des Cars. Un lugar con funcionalidad indefinida y otra vez se llegaba a la puerta de entrada.

El prólogo del recital fue imprescindible para explicar la obligada formación tripartita exhibida ante el anhelante público. Estuvo compuesta por Nicolás Appolloni: guitarras acústica y voz; Nicolás Lopardo: guitarra eléctrica y coros y César Figueroa: mini-batería. 

Acaso operando como cruel presagio para el futuro de la banda, Appolloni explicó que Marcelo Castillo sufrió un terrible accidente que le causó una grave lesión en dos de sus dedos de su mano izquierda.

El accidente les impidió tocar con la formación planificada, implicando que se reduzca considerablemente la batería a cargo del siempre concentrado en el orbe de la percusión, Figueroa –que recordaba esas baterías infantiles con no más de cinco cuerpos- y que el volador Lopardo dibujará bellamente sensibles melodías para completar un vacío difícil de rellenar enfrentando el desafío de emular sonidos rítmicos graves con un instrumento que carece del ADN para emitirlas.

Contra todas las adversidades La Lady Blue dio apertura al espectáculo considerando Appolloni que: “lo  mejor era presentarnos de esta manera, así que, bueno, vamos a llevar adelante el show con toda la decencia que se lo merece”. La idea central era exponer su segundo álbum oficial titulado “De viajes y de rock”.

Llego la ruptura incierta con “Sin Vos”. Vemos como Appolloni trabaja -como es su costumbre- con distintos ejes temáticos solapados en un único tema desde diferentes personas gramaticales. El dolor como musa, el conflicto como motor político-cultural, la pasión y los juegos mutantes y sorpresivos inherentes al amor, todo ello conjugado en una historia de separación acompañada por épica música que vacila desde el desdén que rechaza lo acontecido fingiendo aceptar con intrépida altura el fin, el derrumbamiento interno que reconoce la tragedia merodeadora, virando hacia la suplica de reconciliación, la invitación a la reflexión sobre la crisis pasajera  o la promesa tanguera de estar siempre disponible aun cuando sea inevitable que caiga el telón de la historia.

Se oxigenó el concierto con “Mis Pies”. Filmada desde abajo, la canción personifica a los pies e invita metafóricamente a mirar nuestro periplo existencial desde el dibujo que vamos dejando a cada paso, a cada dirección, a cada curva y contracurva, allí están ellos, ora acompañados por otros pies cómplices a la par, ora en solitaria habitación “a la Van Gogh”. Desde las plantas “enfrentan el futuro esquivando los fantasmas del pasado. Cuando los ves marchar ellos quizá aun no saben adónde van, no tiene miedo no se detendrán, hasta llegar hasta el final”.

Chispearon luego los primeros punteos de “Patagonia”. Quizá, se ubique entre las descripciones geográficas más analíticas que se haya volcado en una canción dedicada a la vasta Patagonia argentina. Especie de mapa rutero de aquella región que los cronistas describían como  tierra de gigantes -siempre lista a seducir las ansias de liberación-  compite en el Siglo XXI con las primigenias representaciones de América Meridional diseñadas allá por 1775 por Juan de la Cruz Cano y Olmedilla, cartógrafo oficial de algún difunto rey de España. Con su desmesura la canción trae a colación la aporía que planteaba Borges en el relato “Del rigor en la ciencia” que alberga la idea relativa a que los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el Tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él.  Pero no es solo carto/geografía. Transita por Aventuras abiertas de una terra incognita donde la leyenda no es ficción, dándole un merecido lugar al viento, soledad, recordando que pueden verse como tierras misteriosas vírgenes o extranjerizadas con alambres penitenciarios. Appolloni se guarda todos los recuerdos en una gran valija sonora o graba en un tapiz sonoro los retratos que absorbe de sus inspiradores viajes (recordando aquella delicada canción marítima “tomo polaroids” de Mr. América donde con su genialidad cotidiana Astarita jugueteaba con versos del estilo «Tomo esa gente, tomo esos labios, tomo esas aves. Tomo los poemas».

Al cierre, el público exigió que se incluyan las Malvinas a la canción. Se encendió el debate. No queda claro que todos veamos a las Islas Malvinas como parte de la Patagonia argentina. Punto a favor de la banda, están incluidas en la portada del disco.

Con “Desde que te fuiste” se descendió a las catacumbas del dolor intentando exorcizar su poderoso ejército depresor con acordes brotados directamente de las entrañas de la melancolía. Hay algo de muerte, hay reminiscencias de duelo, hay dosis de desaparición, por eso junto a la música cuelga en la nada un movimiento mecánico que busca abrazar la ausencia y termina abrazándose a la singularidad de un torso solitario que se baña con sus propias lagrimas. Intenta cual historiador ilusionista borrar lo sucedido, actuar cómo si nunca la hubiera conocido y confiesa abriendo el escenario minimalista de la intimidad: “trate de no perder la calma y prendí fuego las sábanas. Expulsando en humo negro al fantasma de tu esencia impregnada. Desde que te fuiste solo quedan en mi vida hoy, el silencio y un olor a muerto en mi habitación”. Ya la frustración moviliza algo de furia que se va diluyendo en la eternidad de acordeón que espeja la irremediable tristeza. Antes pone en duda el veredicto del rechazo, pregunta donde quedará cada integrante de la pareja disuelta el día del juicio final, y confiesa, evocando la simetría entre –atravesar- las venas y -entregarse al vacío luego de trascender- los filos de las cornisas, precipicios, puentes, terrazas o balcones que “me convertí en un torpe equilibrista sobre la delgada línea entre el bien y el mal”. Muy lejos han quedado las certezas, los límites claros que alguna vez arbitrariamente se trazaron. Finalmente, rescata la animalidad del ser humano, relativiza a la reina razón, vuelve a ver en primer plano la herida mortal que lo ha dejado postrado y sabe, lo sabe, que será la mitad más apenumbrada.

Debo confesar que nunca un niño me chocó tantas veces durante un recital. Y en todas las oportunidades que lo hizo, a pesar que tropezaba con mi pie y trastabillaba, no caía, mantenía perfectamente el equilibrio y seguía vagando. Un pequeño cacique de larga cabellera – arquetipo pueril de la máscara adulta de afuera,- correteaba libremente y me chocaba con genuina actitud rocker.

Ambientes áridos desolados, paisajes despojados y minimalistas revestidos de tierras cobrizas son proyectados por “Un paseo por el desierto”. Primera solapa para la admiración ante estáticas obras artísticas antiguas grabadas directamente sobre rocas milenarias de eras que no contenían seres humanos en su escenografía. El contraste con la efímera obsolescencia de anodinos dispositivos móviles para comunicaciones inalámbricas nacidos en la febril y vertiginosa carrera del indefinido avance tecnológico. “¿Cuántos años tienen estos petroglifos? ¿Cuánto tiempo perdura un celular”.

En corte abrupto permite la creación de la segunda solapa que habla de una relación. En esta segunda historia el contraste es entre la distancia métrica que puede tornarse insignificante y la de interpretación, decodificación, las bajadas y captación de los sentimientos del otro cuando nos manifiestas sus deseos o emociones que pueden ser un abismo indescifrable: “de Jujuy a Santa Cruz hay cinco minutos, de mi idea a tu comprensión una eternidad”. Las diferencias existentes que no son un arco suficiente para arrojarse en caída libre hacia el precipicio de la separación: “Y cuando voy decidido a terminar con todo te encuentro más hermosa que nunca”. La tercera solapa ya anunciada va directamente con la fabulosa naturaleza y la arqueología que se montó sobre ella “Recorriendo senderos desaparecidos, de una antigua civilización, caminando con el viento en la cara, pero el viento aca me da calor”. La cuarta solapa acoge otro eje de la cultura frita -de la que hace años hablaba Solari- colapsada de toneladas mediáticas o cibernéticas de basura que nos contamina e intoxica masivamente el espíritu hasta ahogarlo y que paradójicamente contiene acciones muy valiosas a nivel humanitario: “¿Por qué los actos más nobles, conviven en este mundo con las cotidianas vulgaridades?”. El quinto eje vuelve a analizar antropológicamente al hombre en situaciones límites creadas por entornos naturales: “En situaciones extremas, el hombre en peligro reacciona aleatoriamente”.

La rencorosa y algo impotente balada “En mi rock” aborda que el dolor lacerante también puede obsesionar y paralizar el reloj existencial. Aunque comienza soberbia “En mi rock no hay callejones ni tu foto en la pared”, luego se desnuda con sinceridad “Está el cielo amenazando y en la tele advirtieron otra vez, qué me importa a mí el tiempo, solo pienso si vas a volver”. En ese estado, los personajes del elenco cotidiano se vuelven menos que figurantes, los colores no pueden escapar de la escala monocromática y las imágenes están condenadas a estar fuera de foco si la amada se bajó del escenario que habitamos. Confiesa que por la separación penetra al túnel de la despersonalización deslocalizada “Con los pies en la vereda y la mente en Japón”. Y le recrimina con aires de imprecación: “que se enteren de tu impiedad en las catedrales y teatros, en las calles diagonales, en tu city y en mi barrio”. La música sobrevuela por mares de angustia desesperanzada y termina con clarividencia descubriendo que la “soledad es no tenerte, es tener y no poder dar”. Capta la paradoja de un alfa y omega idéntico “El viaje empieza y termina en la terminal” y recuerdos, huellas, vestigios -de un fin irreversible- que a veces enloquecen con vanas dudas “más de cien fotografías, tu recuerdo, mi ansiedad”.

En el público había otro niño movedizo, unos años mayor de edad con rizos y figura delgada. En varios pasajes realizó interesantes mímicas y destrezas corporales al son de la música. Llegó a invadir el escenario con arranques mucho más espontáneos que los varias veces muertos espectadores adultos.

El rock “Lo que te gusto de mi” comienza -como “El Túnel” de Sábato- develando el final con el introito “No voy a gustarte más“. Nos sumerge inmediatamente con una profunda y provocativa frase “Si cuando nos conocimos te gustó mi libertad, ¿Por qué ahora que me tienes, no querés vérmela a usar?”. Qué pasa con los supuestos “cambios” del otro/a. ¿De qué nos enamoramos? ¿Cuánto hay de idealización y cómo trabajamos con las inconsistencias entre ciertas deformaciones insufladas por la fantasía que genera el éxtasis y el deslumbramiento del ser amado encumbrado y la persona real terrenal que descubrimos está a nuestro lado? Pasa por la asfixiante burbuja endogámica forzada “Dos gorriones enjaulados, por su propia voluntad”. Marca las peripecias justificantes de las relaciones amorosas “Una guerra y en la cama siempre se firma la paz”. El desgaste de esas peleas interminables y el reconocimiento que a veces el problema está dentro de uno mismo y sin embargo nos lanzamos a atacar al otro en lugar de trabajar con nuestros fantasmas: “firmemos un armisticio, ya no quiero pelear, solo tengo un enemigo, que soy yo, nadie más”. Y sobrevuela por los juegos de poder, el manejo del tiempo propio, del compañero/a y de la pareja, los miedos e inseguridades propias frente al ejercicio de la libertad y el cultivo de diferentes vínculos por el otro/a que escapan al control de uno de los partenaires, las dinámicas de pareja, la dificultad del timing en el entrar y salir de la historieta amorosa, en respetar la totalidad e integridad del otro/a sin querer modificarlo según nuestra egoísta concepción. El cierre se liga con el oráculo inicial “¿Cuando fue que lo que te gustó de mi te empezó a molestar?, si me convierto en lo que vos querés, no voy a gustarte más”. El dominio total sin desafíos puede ser el verdugo del deseo.

Se vislumbra cierta continuidad temática con la ranchera mejicana alumbrada con el título “Con qué sueñan los perros”. Los versos iniciales son sintomáticos y clarificadores “Esa vez no le dije que iba a cambiar, o que no me iba a ver más así, sin orgullo atiné a decirle, no pretendas nada mejor de mí, no esperes nada mejor de mí”. Es esto lo que tenemos –That's all folks, es esto lo que somos, no hay nada más ni del derecho ni del revés, disfrutemos con libertad y qué cada cual se haga cargo de su equipaje: “Días de felicidad, mirando la gente flashear, sentimientos del pasado, no soy responsable de tu soledad”. Y enfatiza: “Con el sol en las veredas, no soy culpable de lo que te hace falta. Subraya que nos estarán vedados los finales felices “Pero ya sé te vas, siempre se va la alegría”,  pero desdramatiza; no nos sintamos tan protagonistas, hay muchos hermosos perros durmiendo en los alrededores: “Aun recuerdo ese día, me dejaron pensando, con qué sueñan los perros, con qué sueñan los perros”. Y deja campanilleando una frase de compleja hondura “Se mezcla lo que creo, lo que quiero y lo que siento”.

El country inexorablemente nos invadió con esos seductores acordes zumbadores de banjo que resuenan en “Un disco y mil días después de vos”. El eje obsesivo como punto de partida: “de cuándo en todos lados creía ver, la chica que me quiso de verdad”. Cuando el eje se desvanece, estamos allí, al borde, al límite, todo se dirige hacia un caos ingobernable pero no hay un directo con el fondo más destructivo “Las veces que aún no me animo a marcar el número de emergencia de mi vida”. Sin embargo, prefiere conversar sobre temas más felices mientras la observa sin atender las palabras: “Hablemos de Mar del Plata y del café, de cuando me desarmaste en la avenida....” o “de viajes y de rock, de cuándo abandonamos la Facultad”. Y el cierre, dotado de una posiblemente falsa superación “Mirá las nuevas fotos que me saqué, yo que fui un cadáver por la ciudad. Ahora puedo hablarte sin temblar, un disco y mil días después de mi funeral”.

En un efímero intervalo el niño de rizos entró corriendo al lugar y arrojó por los aires a un gato negro ante la mirada atónita de los espectadores sentados en los sillones, que giraron sus cabezas viendo al gato huir despavorido apenas tocó con sus patas el suelo. Hacía su primera aparición un animal desde antaño simbólicamente asociado a la brujería y al mal -por ciertas culturas- que fuera inmortalizado en 1843 mediante uno de los más espeluznantes relatos creados por Edgar Allan Poe, adaptado en cine casi un siglo después por Ulmer con memorables actuaciones de Béla Lugosi, Boris Karloff, David Manners y Julie Bisohp.

Comienza el rock firme “Soy así” visualizando aquellas noches de extrañamiento que irremediablemente se van sumergiendo en las fauces del tiempo andador que marcha y marcha en la misma dirección destructiva según indican los manuales y registros más cercanos a nuestros sentidos. Y la tristeza combinada con el tedio, el spleen y la incomprensión del mundo nos va masticando y royendo “Otra noche más que se moría, no sabía ya lo que decía”. Puede suceder que se quiebra el rumbo de la perdición y el hundimiento cuando al borde de la desesperación aparece el imán de la belleza frente a nosotros: “Me encontré una reina en zapatillas, en una silla, de ese bar”. Comenzó la atracción y los inevitables contrastes: “Qué linda que estabas ese día, mientras yo me autodestruía, vos seguís igual y yo en la mía, tu fantasía y mi realidad”. Vino a pie juntillas la aventura amorosa. El tiempo del goce es un frenesí rápido y furioso. Parece que ahora el que engaña es él ya que debe huir furtivamente al deshacerse el hechizo prohibido: “Cómo se pasaban esos días, yo miraba el techo y vos dormías, luego entraba luz por la ventana, ya era mañana, tenía que huir”. Se instalaba con los pernoctes la rutina de la “segunda pareja”, el acostumbrarse al otro par de amantes, quererse justo ahí al lado: “Hoy no vayas para la oficina, me decías vos entredormida, un cigarro antes de irme, después vestirme, después partir”. Todas las escenas o caras de la relación atravesados por una misma matriz que inspira la canción. Este es el paquete y su contenido, son claras las fronteras y los confines, no hay lugar para correr esos límites y que nos hagan a la carta de las pretensiones, ambiciones o apetitos del otro “Soy así tomame o dejame yo no te pido que cambies por mí, soy así quereme o matame”.

A continuación, la melancolía de bilis más ennegrecida se apoderó del ambiente con el blues -azul extremo- llamado crudamente “Blues”. Entre cuerdas filosas y una batería que latía como corazón destrozado, Appolloni quizá de nuevo ficcionando con impedir lo inevitable espeta: “Si te vas a ir andá, te quedas conmigo en mi filmadora, te tengo atrapada, no puedes escaparte”. Y redobla la instigación con aires de antihéroe fatalmente abandonado que no elude el uso de la lástima ante la disolución: “Si te vas a ir, andá, me iré acostumbrando como siempre..... Y cada vez que llueva me acordaré de vos”. El estribillo, confirma que ella no había visionado una hipótesis en alguna tormentita turbulenta sino que estaba anticipando un final que integró la historia que no pudo ser “Una vez dijiste que lo nuestro era triste, deberías tener razón”. No parecen ser suficientemente poderosas las poses de suficiencia: “si te vas a ir, andá, las calles de mi ciudad serán más largas, pero no te olvides que gusta caminarlas...solo”.

Ilusiones sonoras de Rock inundaron el ambiente con “Ultima canción de amor”. Navegando por los distintos ciclos del artificioso microfilm amoroso, parte de otra paradoja como son las mil caras estéticas con que puede representarse el dramatismo este alienante fenómeno singular: “Todas las canciones de amor dicen lo mismo pero lloré mil notas que cantan con cinismo”. Para dejar posiblemente un mensaje que simplifica con exactas simetrías en cuanto a que el amor es uno y uno el dolor que crea su expiración: “una melodía que te espera y que no calla”.

La canción ligera aletea balanceándose también sobre la resistencia y acostumbramiento al dolor. Afirma con vehemencia e inverosimilitud: “Me suicido el corazón. Y así entonces sigo”. Deja entrever que es algo incierto ese acostumbramiento. Parece que es indómita la pena del dolor amoroso. “Fluorescentemente el día nacía, y yo soñaba que me despertaba una mañana y mi locura ya no estaba”. Puede vislumbrarse que el trauma por el abandono no es un trámite que se termina al salir de una fila o que tiene fecha de vencimiento puntual sino que vuelve y circula en un laberinto proteico multiforme que enloquece de manera inesperada una y otra vez con reflujos punzantes.

Otra vez aterrizó el eclecticismo mutante conformado por las referencias del country inicial, la balada y el blues con la disconforme “Canción sofisticada”. Simpleza o complejidad para narrar sonoramente se abre nuevamente como interrogante: “podría hacerte una canción sofisticada, pero tres acordes ya me alcanzan, para decirte que me quedé con ganas de hacerte el amor esa mañana”. Vuelven a ser aleatorios los encantos preliminares. El estribillo remarca que el primer rechazo al encuentro inicial–cuando todavía los amantes no se habían unido- aunque es atractivo no asegura continuidad: “me caíste bien cuando me dijiste que no, espero que te arrepientas cuando aun me importes”. Luego de la primera aventura ella comienza a engañar a su pareja, estadio en que posiblemente él comienza a involucrarse emocionalmente. Sin embargo, esa falta de definición -que no era determinante al comienzo- troca en tortura con el cambio de escenario: “pasábamos las noches nena junto al fuego, vos sin tu novio pero yo sin vos, qué si no, qué no, quizá, tal vez, así es tu juego, pero te equivocaste de jugador”.

El mismo gato negro volvió a ingresar a escena y se escabulló del niño pelilargo que lo acechaba, ubicándose por un rato largo debajo de la consola que se erigía a su favor como un refugio oscuro. El niño trató por un momento de divisarlo pero era imposible.  Se quedó un rato en guardia sin poder percibir rastros del felino. Una vez que desistió de la persecución, el gato negro volvió a salir grácilmente por la puerta de acceso. Se trató de otro episodio poco habitual que podía vaticinar malos augurios: es la primera vez que veo caminar y esconderse un gato negro en las tripas de una consola.

Un vibrante power rock fragmentado por las fortuitas estaciones del amor es lanzado como un letal proyectil en “¿Mate o whisky?”. El desenlace desventurado es anticipado individualizando los flashbacks que perduran como cicatrices: “aun siento tu voz flotando, en mi interior, sonando”. Quizá ella cantaba, de allí que con más potencia dramática han quedado pirograbadas en la carne del desdichado: “Las frases dicen mas cuando se cantan, las palabras cobran vida en tu boca y eso me encanta”. Se observa en el estribillo un arbitrario retroceso temporal al reencuentro que precipitó esta intensa relación rota: “¿Mate o whisky? te dije qué querés merendar, respondiste que ambos por igual, ¿qué pasó en estos años que ha sido de vos?, fue como reencontrarnos del día anterior”. Se habían re-cruzado tras largo tiempo. Esa elipsis existencial no impide que todo fluya sin esfuerzos. Similitudes, química espontánea, conexión ligera, gustos en común... no se nota el intervalo temporal de las vidas en paralelo, no ha operado la ausencia, sus influjos carecen de efecto. Él comienza a enamorarse perdidamente, quiere conquistarla a pesar que ella se muestre esquiva para evitar naufragar nuevamente en las ardientes aguas del dolor “lograré flanquear tu muro, tu caparazón seguro.” Cayendo el telón, se hace otro viaje hacia el presente donde parece que recrimina y pide un trato igualitario con un tercero que nunca fue desterrado del corazón de la fatal cantante: “si vas a olvidar lo nuestro con el tiempo, que te sirva para olvidarte de alguien por un momento”.

La posición que no traiciona los valores más puros es representada en la poética y utopista “Volar”. Siempre estamos lidiando con lo que creemos (deber ser, valores morales y éticos, principios, convicciones) pensamos, hacemos y decimos. En que nos convertimos, metamorfoseamos, como conjugamos todos esos ejes a lo largo de nuestra vida y a cada paso en que van apareciendo distintas escenas en el periplo existencial. ¿Qué privilegiamos en el camino? ¿Cuánto cotizan nuestros ideales, valores o convicciones? ¿Por cuánto podemos dejarlos de lado, torcerlos, deformarlos, flexibilizarlos, degradarlos? La apertura describe la imaginación inocente, infinita, desmaterializada y desinteresada que solemos encarnar en la niñez: “el mundo comenzaba en una vereda, ese mundo no tenía techo”. El contraste se traza con el mundo maduro de los contaminados por el roce social conocidos por adultos: “recuerdo que hablábamos del sueño aquel, ahora todos hablan de dinero”. Volver al pasado para enfrentarnos cara a cara con nuestra versión infantil: “si te encontraras con quien fuiste una vez, qué le dirías en ese momento”. Aquí Appolloni se para y se niega a claudicar: “no traicionaré al pibe que supe ser, prometí que nunca iba a hacerlo”. La ausencia de medidas especulativas es graficada en ese conmovedor estribillo “Volar, era un deporte tan perfecto”. Quizá ya nunca apodamos volver a volar sin prejuicios ni cálculos interesados sobrecargados de ropajes hipócritas. El epílogo se pregunta dónde quedó todo aquello que era vital para ser libremente felices: “los viajes, el estudio, los libros, el rock, mi cuaderno, el cine, la poesía, adónde están ahora me pregunto yo, las alas que cada uno tenía”.

Subimos rockeando con trazos febriles dedicados a “Tormenta”. Con aires tangueros se lamenta por algo que podría ser pero que ella ha cerrado: “Tormenta no sabes lo que por vos daría, pero ya estás con otro y yo muriendo con la mía”. La incomprensión, la falta de porosidad de lo que erradamente creemos será comprendido cuando nos expresamos y abrimos al otro “te regalaba canciones pero no las entendías”. La maldita prisión del amor no correspondido: “Tormenta tus ojos, alumbraban el empedrado... hoy tu belleza es mi desgracia, la luz que te ilumina es la misma que me enceguece”. Duele porque juntos en juergas y excesos dibujaban sonrisas que parecían eternas: “recuerdo bebimos hasta el agua de los floreros, borraste tu pasado y yo mi futuro incierto”. Y la distancia trae el rezongar arrabalero, enhebrado por bellas metáforas: “Tormenta ya extraño, tu tango, tus colores, te vi bailar, robándole la luz a los faroles". El inevitable cierre abatido “Tormenta, mi amiga, que te saquen fotos, los fantasmas hoy, junto a mi pecho roto”.

El bonus track como no podía ser de otra manera contribuyó a que el repertorio sea equivalente al guarismo que en el mundo de los tahúres, apuestas y ludópatas representa la desgracia. Se puso la 17 Hay una maldición en la ciudad”. Empieza con una sensibilidad muy refinada, describiendo una dama que siempre le ha tocado ponerse la máscara sonriente y dichosa inspirada por la risueña Musa Talía para representar comedias: “Nunca volviste de madrugada sola, nunca jugaste el juego de perder, nunca lustraste con sangre las calles del barrio, nunca una lagrima el rímel te supo correr”. En absoluto contraste, como venimos viendo, al protagonista le es reservada la máscara sufriente que atraviesa y experimenta tramas trágicas inspiradas por la Musa Melpoméne con su mirada severa, un cetro o una corona en una de sus manos y un puñal ensangrentado en la otra: “Hay una maldición que te da todo lo que yo pretendo tener”. Con la crudeza que lo caracteriza, Nacho vegas con “Maldición” también suele ir en procesión a las orillas de Melpoméne y canta: Y habla con su madre: "Soy yo, madre, ¿no lo ves?". Ella dice: "Olvida que algún día te engendré."  Y habla con su padre: "Padre, ¿qué ocurre aquí?" Padre no contesta, se limita a maldecir. Ezequiel se acerca al bar, alguien le sabrá explicar. Pero todos callan, todo el mundo calla al verlo entrar”.

Con el silencio final de la banda, quedó flotando la hipótesis que La Lady Blue sea otra de las víctimas de las oscuras maldiciones platenses, sin que pueda desecharse que el concierto de C'est La Vie haya sido una intempestiva despedida.

A Appolloni se le suele criticar la voz, una falta de afinación por aquí, de virtuosismo académico por allá, pero ¿qué voz tiene el espíritu? ¿qué voz tienen las emociones más profundas transidas y atravesadas por las experiencias desgarradoras que suele presentarnos el destino? ¿Cómo cantarían ellas si les pusiéramos un micrófono que las amplifique? ¿Qué vale más? Una afinación muerta –perfectita- aclamada por la “policía de la voz” o un cantante que abre su mundo muriendo arriba del escenario, que vemos cómo se desangra, sacrifica e inmola por su obra con el instrumento que alojado en su garganta le permite generar sonidos musicales repudiados y condenados por los ambientes institucionales disciplinados.

Aquí hay mucho de resortes sentimentales, de exaltación del pathos, y Appolloni lo estimula y provoca, le dispara al blanco a nuestra sensibilidad y nos conmueve con sus melodías y frases en esa mágica unidad indisociable, maridaje sublime de lirismo y música.

Se lo ve allí, parece aislado en otro mundo, débil e incierto a punto de estallar en mil pedazos, un manojo de nervios que en lugar de odio e incertidumbres devuelve una sonrisa, un gesto cálido que invita al abrazo, historias muy claras de aventuras vividas al extremo que son transmitidas con efectividad y fina sensibilidad poética.

La experiencia Apolloniana va quedando en un margen muy reducido casi como una rara avis en extinción de la fauna musical. El buen gusto, la sensibilidad poética, el dolor a flor de piel, las venas al descubierto no suelen vender en estos días. No suele ser noticia que alguien se dedique a cantar sus sentimientos y acompañarlos con fieles testimonios musicales. Parece que falta show, parece que no se justifica el precio que imponen los mercaderes de la música –tristes siniestros por hacerlo con el arte- que se hacen llamar grandes productores, representantes “artísticos”, managers, para no denominarse empresarios.

Appolloni recuerda que lo que ocurre en el mundo más íntimo es lo que distingue a los seres humanos. Hace aflorar sentimientos profundos y fragmentos emotivos desde ese lugar sagrado de aedo. Nos marca e interpela que desde siempre cantante es aquel que logra transformar en música sus peripecias y espirales existenciales. Nos devuelve ni más menos que a las peligrosas y encantadoras entrañas del sentir. Allí nada puede ni tiene que hacer la moda ni los cánones. Porque los juegos intrincados y las redes tejidas con afectos y personas que aparecen y desaparecen -a veces como espectros- serán eternos. El amor hacia el otro nunca morirá, aun con todo el dolor, desencanto, rabia, crisis, cicatrices, recaídas y locura que puede generar. Poetas como Appolloni que alumbren esa verdad tampoco.

Es hora de regresar sin equipaje a tierras africanas. Me espera otro largo viaje. Vuelvo, con melodías heroicas rebotando en mis sesos, a meditar en fragantes y silenciosas tierras consagradas al té.

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