Opinión: Peronismo, debate y después...

El largo proceso electoral y la derrota dejaron heridas difíciles de cerrar y abrieron un debate que, si bien es necesario y hasta imprescindible, hay que abordar con cuidado y responsabilidad histórica.

Opinión: Peronismo, debate y después...

Por Horacio Bouchoux

Confundir discusión política con pase de facturas, o crítica y autocritica con descalificación y chicana, no hace más que encarajinar ese debate y flaco favor le hace a la necesidad de nuestro Movimiento de sintetizar posiciones y definir líneas de acción comunes en esta nueva coyuntura de restauración oligárquica.

En ese sentido, preocupa el bombardeo cruzado entre compañeros que se parapetan en posiciones que se presentan como irreductibles e irreconciliables.

Salvo aquellos que pretenden abjurar de la experiencia transformadora de estos doce años y que lo vienen manifestando con pelos y señales desde hace rato; el conjunto de quienes formamos parte de este proceso y a los que no nos da lo mismo ser parte de cualquier política, tenemos que actuar con responsabilidad para no convertirnos en apóstatas de nuestra propia historia y doctrina en nombre de "renovaciones" o "modernizaciones" que ya sabemos donde y cómo terminan o de "purezas" que sólo sirven para limpiar conciencias.

Ni la ortodoxia pejotista ni el purismo progre expresan a la totalidad de lo que necesita representar nuestro Movimiento para volver a disputar el poder, gobernar este país y continuar transformándolo en favor de las mayorías.

Por algo y para algo Nestor creó el Frente Para la Victoria. Porque, en la mejor tradición de nuestro movimientismo, pensó en un frente político del cual el peronismo fuera eje y columna vertebral, pero que integrara otros sectores y actores surgidos durante la resistencia al neoliberalismo, sin los cuales cualquier proyecto que pretendiera expresar a los sectores populares quedaría rengo.

Está claro que sin el peronismo no hay chances, en la Argentina contemporánea, ni de disputar el poder, ni de gobernar este país.

También está claro, al menos desde el retorno de la democracia, que ese mismo peronismo partidario y territorializado, no garantiza la posibilidad de transformar este país en un sentido único y a favor de los sectores populares.

Como reza la frase que un viejo amigo y compañero acuñó, "el peronismo es condición necesaria para gobernar este país, pero no es condición suficiente para transformarlo".

En sentido inverso, el nuevo kirchnerismo semiorganico que se viene manifestando desde las semanas previas al ballotage y que en las ultimas semanas explotó en concentraciones en parques y plazas, sirve como espacio de reunión, contención y organización de lo diverso, pero no expresa más que una parte de la riqueza y el potencial político que necesita nuestro Movimiento para continuar vigoroso.

Como bien expresa Verbistsky en su última editorial, "las convocatorias por redes sociales y las catarsis en los parques son reacciones valiosas... siempre que no segmenten el vasto movimiento político y social que se gestó durante los doce años de kirchnerismo ni recaigan en el antipejotismo estetizante".

La verdadera discusión de la que estamos en los prolegomenos, y que hay que abordar sin tapujos hacia adentro del peronismo y también hacia los sectores aliados que forman parte del FPV, es si el Partido Justicialista seguirá siendo eje y columna vertebral de un frente politico que exprese al Movimiento Nacional, como lo hizo durante los últimos doce años; o si retrocede a sus posiciones de garante del "statu-quo" de los sectores dominantes (aunque ahora como socio político menor) como lo hizo durante los lustros anteriores.

En ese sentido, los planteos acerca de una hipotética e inverosímil "unidad del peronismo" (una unidad imposible desde 1955 más allá de coyunturas específicas), esconden la operación de los sectores dominantes de restituir un pejotismo conservador, garante del orden liberal y prescindiendo de sus sectores más revulsivos.

No es ni sano para nuestras aspiraciones históricas, ni realista después de la experiencia de estos doce años, reducir la discusión política hacia el interior del Movimiento Nacional entre un supuesto purismo progresista y otra supuesta ortodoxia pejotista.

Ese debate es una rémora de la derrota estratégica del campo popular en los 90, cuando el duhaldismo bonaerense y el frepasismo porteño se disputaban la herencia del postmenemismo. Y así terminó.

Los doce años de experiencia kirchnerista vinieron a reconstruir, por el contrario, la alianza histórica entre un peronismo que es la expresión de los intereses populares y no simple "partido del orden"; y una izquierda nacional que se asume como parte de un movimiento plebeyo y contrahegemonico y no como simple reservorio moral o vanguardia ideológica autoproclamada.

Si pensamos que la actual coyuntura de derrota dista de ser permanente y estratégica, y debe ser conceptualizada como un momento de retroceso del cual podemos y debemos recomponernos como Movimiento, es imprescindible que toda discusión interna se de en un marco de aceptación de las coordenadas construidas en estos doce años de gobierno popular.

La alianza entre el peronismo e izquierda nacional y progresismo no gorila, es uno de los ejes de esas coordenadas, como también lo es la centralidad de la figura de Cristina en esta etapa histórica.

Aceptado esto, bienvenido el debate, la discusión, y la natural disputa interna por espacios de poder y representación.

Quienes desde un lado u otro, aunque lo hagan con honestidad y buenas intenciones, favorezcan la ruptura de esta alianza, no estaran haciendo otra cosa que favorecer los intereses de quienes quieren un peronismo domesticado y un kirchnerismo testimonial, a la medida de lo que necesitan las clases dominantes en su intento de restauración del orden oligárquico.

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