OPINIÓN: ¿Vamos hacia un “pueblocidio”? Cuando los interrogantes son un imperativo cultural

Se regodean con siniestro cinismo y con rostros prudentes lanzan mantras vacuos como “hay que esperar”. Pretenden congelar la razón y todo margen de interpretación alternativa dirigido al nuevo ciclo político-económico cuya existencia comenzó a partir del último proceso electoral.

OPINIÓN: ¿Vamos hacia un “pueblocidio”? Cuando los interrogantes son un imperativo cultural

Por Insumiso

Ninguna crítica es viable y corresponde que se hunda en el silencio. Dicen que es muy prematuro para diagnosticar, analizar o interpretar el ejercicio del poder por el Macrimato; pese a que su arquitectura abusa de los Decretos de Necesidad y Urgencia (DNU), con una arbitrariedad que se pierde en densa oscuridad despótica y oculta sus verdaderas motivaciones.

Sin embargo, existen medidas que ya han causado daños sociales inequívocos y que- por estar en su estadio inicial- permiten válidamente conjeturar que la onda expansiva continuará. Esparcirá sus efectos destructivos sobre los trabajadores –formales e informales, activos y pasivos- y sectores populares, a quienes visualizamos caminando –cual tropas maquinales- cada vez con más velocidad sobre la cornisa de la exclusión. Sin elementos a la vista que detengan la marcha luctuosa, ni que amortigüen la caída a vastos océanos sin contención. 

Aunque los Señores Ceocráticos –amos del capital productivo, financiero y simbólico- anhelen con su poderosa hegemonía limitar la libertad de expresión y controlar la interpelación libertaria, quisiéramos deslizar un interrogante crucial: ¿vamos hacia un “pueblocidio”?

Y también, dueños liberales celosos, carceleros dominantes de los espíritus y las subjetividades a escalas masivas y diseñadores solitarios de ese otro mito llamado “opinión pública”, permítannos describir lo que vemos sin sus múltiples controles deformantes y así sustraernos de los grilletes de Su Relato:

Vemos Medidas de shock neoliberales extremas que generan megatransferencias automáticas y continuas de rentas para los sectores y grupos más ricos. Devaluación, inflación, apertura irrestricta de las fronteras, facilitación de maniobras especulativas a capitales financieros trasnacionales. Relaciones carnales con gobiernos ultraortodoxos neoliberales. Despidos masivos, salarios de miseria garantizados por paritarias con bajos techos, determinados por el terror que representa la pérdida del empleo y un ejército de mano de obra desocupada, forzada a aceptar las más viles condiciones de salvación. Criminalización de la protesta social, hiperconcentración mediática, tarifazos. Emergencias varias con empoderamiento del gobierno de CEOS y de las fuerzas de seguridad dirigidas  ahora como brazo armado con oscura discrecionalidad. Destrucción de la educación pública, exclusión de la voluntad popular con un Congreso parapetado, cuyo funcionamiento se ha metamorfoseado en un puño que garabatea papeles –bajo designios de Amos Invisibles y a espaldas del sagrado pueblo- llamados eufemísticamente DNU que han colmado los “Boletines Oficiales”. Estos parecen ser síntomas que fatalmente nos conducen hacia el hundimiento colectivo.

Y sí -Amos deleznables del Pensamiento Único y unidimensional alambicado en fétidos Dogmas Liberales– lamentablemente estamos autorizados y obligados a manifestarlo públicamente hoy. Michel Onfray, con su lucidez habitual ha expresado:

La eternidad yace en el instante mismo, en ninguna otra parte, y hay que vivirla de acuerdo al principio nietzscheano del deseo de ver incesantemente repetido lo que se ha escogido, querido, elegido. Postergar es hacer imposible, dar oportunidades a lo improbable. Pero el devenir revolucionario se inscribe en el momento presente y solo en él.

Callar ahora frente a su hegemonía es contribuir a profundizar que se perpetúe el cercenamiento cotidiano y sistemático de los proyectos de vida, derechos e intereses básicos de las mayorías.

Callar ahora es naturalizar  que  debemos sostener ciegamente un Proyecto y un Relato que en nada nos representa, contiene ni defiende. Es jugar como aliados perjudicados por el reparto brutalmente inequitativo de la riqueza, la exclusión social, la marginación cultural y la desintegración de las conquistas sociales hasta aquí edificadas con la democracia.

Callar ahora, es someternos a las manos de hierro del “libre mercado” comandadas por Señores que nunca han reconocido como valores fundamentales a la solidaridad, fraternidad, cooperación, empatía, colaboración, altruismo y el amor.

Callar ahora es olvidar que la dignidad humana no se puede dejar a merced de grupos económico-financieros que no la reconocen por fuera de sus enfermos círculos elitistas, adictos a la acumulación del capital y mucho menos la consideran como un valor inalienable.

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